Licencia

Sunday, March 27, 2011

Me dedico a recoger y guardar memorias. Una idea que no alcanzó el papel, una mirada a un extraño o una imagen del roce de una mano o una pierna, todas son memorias que se pierden en segundos. Fuera el trabajo más fácil de todos, si no fuera porque los pensamientos que recojo y registro son de los demás. No se debe confundir mi profesión con la de un escritor o archivador: ellos colocan su trabajo en el papel o en el estante y obtienen un salario por ello. Si bien es cierto que comencé anotando cada pensamiento que capturaba, adquirí práctica y ahora me basta repasarlo una vez en mi mente. Así, si a alguien se le ocurre pedirme pensamientos, ajenos o propios, puedo ignorarlo o decir que no poseo ninguno. 


Los requisitos para optar a esta forma de vida son pocos. Ni siquiera es difícil cumplirlos. El más importante es aprender a disfrutar de compañías desconocidas. Alguien resuelto a protegerse entre las paredes de un edificio la mayor parte del día con las mismas personas queda descartado. Además, guardar memorias requiere de encuentros fugaces y no planeados con desconocidos. Por esa razón, los mejores lugares para capturar memorias son los autobuses del transporte público en las horas de mayor tráfico: están llenos de gente distraída, cansada y malhumorada. Es más fácil buscar pensamientos de esta forma. Casi nunca reparan en que he irrumpido en su mente o en la importancia de recordar lo que les he quitado. Al actuar sin el consentimiento de los poseedores no es necesario hablar con la otra persona, inventarse palabras cordiales cuando hay frío e insultos cuando hay calor. Muy pocas veces las personas solicitan mis servicios por su propia iniciativa. Se acercan a mí cuando no pueden con el peso de sus propios pensamientos. Siempre vienen con pensamientos imaginarios: encuentros sexuales con alguien que vieron en la calle o reuniones con personas que ya murieron. Uno de ellos me dijo que era suficiente con el peso de su realidad y que no tenía ni la disposición ni el tiempo para guardar sus intimidades irreales. Ellos no se imaginan que ya no puedo con todo el peso que me han dejado o he robado ni mucho menos soportar el peso de mi cotidianeidad: corro el riesgo de olvidar mis propias vías de escape y quedarme con las de extraños. He tenido que deshacerme de un par de memorias que nunca han pasado y buscar a alguien que esté dispuesto a guardarlas por mí. He vagado por las calles y me he subido a los autobuses a preguntar por interesados. No he encontrado a nadie. Me dirijo al edificio de oficinas más cercano a conseguir otro trabajo.


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