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Tuesday, March 13, 2012

Sin título II

Observábamos desde la terraza del edificio. La señal de alerta había cesado hace unos segundos mientras policías, curiosos y periodistas cercaban la sucursal. Era el primer intento de robo a un banco en los últimos años. Vimos con admiración cómo Lidia entraba al banco con su cámara recién adquirida a cubrir los hechos, sin temor a que algo le pasara. Desde nuestra perspectiva, habíamos supuesto que los ladrones eran inexpertos, jóvenes, hombres, de clase media, y que serían capturados en el instante. No nos habíamos equivocado: a los pocos segundos, tres policías sacaban a empujones al mismo número de implicados. Veíamos una mezcla extraña de gente que empezaba a rodear a los infelices, quienes, aún sin resignarse, forcejeaban y retaban a los policías. Uno de los últimos había decidido demostrar su superioridad y reventaba una bala en el cráneo del ladrón más rebelde. Ante gritos de desaprobación del público, sentíamos desde nuestra terraza cómo la furia del infierno se desataba y quebraba las finas losas del centro comercial. El policía señalaba con su lámpara los sesos y gozaba de una manera casi enfermiza, por si aún quedaban dudas de sus intenciones. Las manchas de sangre llegaban hasta nosotros, estaban en nuestros dedos al caer al suelo cuando llorábamos y nos lamentábamos. Desde nuestra terraza y con nuestras manos manchadas y la conciencia remordida, también nos convertimos en asesinos de ladrones.

Sin título I

Pocas personas podían encontrar una explicación. El resto repetía lo que
decían los medios de comunicación, aunque sabía que la mitad eran
inventos de los medios más poderosos; aún así, nadie se atrevía a
comentar sobre ello. Mil doscientos asesinatos en un solo día, casi todos
cometidos con una brutalidad nunca antes vista en el país. El método es
casi siempre el mismo: una persona asalta un autobús del transporte
público y pide a todos los pasajeros que le entreguen su móvil. Quien se
rehúsa a hacerlo recibe un disparo en la frente. Práctico. Fácil.

La Beth, mi mejor amiga, dice que si ayer sucedió el mismo evento en mil
doscientos autobuses diferentes, al mismo tiempo, no debería ser
sorpresa. La gente aún no entiende que la noción del tiempo puede ser
manipulada por algunos, me dijo la Beth, mientras discutíamos la
posibilidad de que los asesinatos de ayer hayan sido cometidos en
cualquier otro periodo de tiempo: un mes, un año, un segundo quizá. Hoy
se acabaron esas discusiones. Mataron a la Beth. En un autobús. Le
dispararon en la frente. Por un teléfono celular. Mi vecino, quien hace
muchos años trabajaba de sepulturero, nos recomendó a las personas
más cercanas a la Beth a enterrarla en el patio de su casa. Yo sugerí
hacerlo en el patio de la mía. Es más, me ofrecí a cavar el agujero hasta
que su cuerpo quede al mismo nivel que el gato que enterramos el año
pasado. Así, puedo invitar a mis demás amigos a acompañar
todos los viernes nuestros recuerdos de la Beth con cantos, trompetas y
guitarras durante algún tiempo, antes que tome el autobús a la
universidad y un hombre me dispare en la cabeza.