Pocas personas podían encontrar una explicación. El resto repetía lo que
decían los medios de comunicación, aunque sabía que la mitad eran
inventos de los medios más poderosos; aún así, nadie se atrevía a
comentar sobre ello. Mil doscientos asesinatos en un solo día, casi todos
cometidos con una brutalidad nunca antes vista en el país. El método es
casi siempre el mismo: una persona asalta un autobús del transporte
público y pide a todos los pasajeros que le entreguen su móvil. Quien se
rehúsa a hacerlo recibe un disparo en la frente. Práctico. Fácil.
La Beth, mi mejor amiga, dice que si ayer sucedió el mismo evento en mil
doscientos autobuses diferentes, al mismo tiempo, no debería ser
sorpresa. La gente aún no entiende que la noción del tiempo puede ser
manipulada por algunos, me dijo la Beth, mientras discutíamos la
posibilidad de que los asesinatos de ayer hayan sido cometidos en
cualquier otro periodo de tiempo: un mes, un año, un segundo quizá. Hoy
se acabaron esas discusiones. Mataron a la Beth. En un autobús. Le
dispararon en la frente. Por un teléfono celular. Mi vecino, quien hace
muchos años trabajaba de sepulturero, nos recomendó a las personas
más cercanas a la Beth a enterrarla en el patio de su casa. Yo sugerí
hacerlo en el patio de la mía. Es más, me ofrecí a cavar el agujero hasta
que su cuerpo quede al mismo nivel que el gato que enterramos el año
pasado. Así, puedo invitar a mis demás amigos a acompañar
todos los viernes nuestros recuerdos de la Beth con cantos, trompetas y
guitarras durante algún tiempo, antes que tome el autobús a la
universidad y un hombre me dispare en la cabeza.
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