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Tuesday, March 13, 2012
Sin título II
Observábamos desde la terraza del edificio. La señal de alerta había cesado hace unos segundos mientras policías, curiosos y periodistas cercaban la sucursal. Era el primer intento de robo a un banco en los últimos años. Vimos con admiración cómo Lidia entraba al banco con su cámara recién adquirida a cubrir los hechos, sin temor a que algo le pasara. Desde nuestra perspectiva, habíamos supuesto que los ladrones eran inexpertos, jóvenes, hombres, de clase media, y que serían capturados en el instante. No nos habíamos equivocado: a los pocos segundos, tres policías sacaban a empujones al mismo número de implicados. Veíamos una mezcla extraña de gente que empezaba a rodear a los infelices, quienes, aún sin resignarse, forcejeaban y retaban a los policías. Uno de los últimos había decidido demostrar su superioridad y reventaba una bala en el cráneo del ladrón más rebelde. Ante gritos de desaprobación del público, sentíamos desde nuestra terraza cómo la furia del infierno se desataba y quebraba las finas losas del centro comercial. El policía señalaba con su lámpara los sesos y gozaba de una manera casi enfermiza, por si aún quedaban dudas de sus intenciones. Las manchas de sangre llegaban hasta nosotros, estaban en nuestros dedos al caer al suelo cuando llorábamos y nos lamentábamos. Desde nuestra terraza y con nuestras manos manchadas y la conciencia remordida, también nos convertimos en asesinos de ladrones.
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